Porrina, flamenco, Badajoz, gitano, Plaza Alta, jaleos, tangos, son palabras que contienen todas juntas una determinada forma de ser, de sentir, de vivir y en definitiva, de resaltar una idiosincrasia popular y culta del flamenco extremeño.
Hasta que llegó García Lorca, lo popular era sinónimo de analfabeto, y lo culto era el séptimo cielo de unos pocos que miraban con desprecio todo aquello que no saliera de los latines y de las Universidades. Y así, se vituperó a la poesía popular en relación con la culta, a la copla con las arias operísticas, a la guitarra flamenca con la clásica salida de los conservatorios y se trató el cante como aliciente de borrachos y al baile como un ejercicio de epilépticos. Estas y otras lindezas fueron disparadas en batería por lo “cultos del país”, por ejemplo y entre tantos otros citados a los autores de la Generación del 98.
El mérito de Federico fue hacer culto a lo popular y en esa trayectoria que marcó la generación del 27, los que nacimos entre los años 40 y 50 del siglo XX, hemos liberado al flamenco de aquellos horribles epítetos, lo hemos sacado de su miseria y de su incomprensión y lo hemos hecho universal y universitario.
Si esto no fuera así, no tendría explicación alguna el interés de las entidades culturales por el hecho del flamenco en general y en particular, que es lo que nos ocupa, la idea del departamento de la Excma. Diputación Provincial de Badajoz, de publicar una antología de la obra discográfica de nuestro más insigne cantaor, José Salazar Molina “Porrina de Badajoz”.